HIPERREALIDAD

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Como sociedades contemporáneas, acudimos a un momento único en la historia reciente, que no por atragantado dejará de digerirse y alimentar el germen de un nuevo orden mundial. En él, el cambiante terreno de juego se nos muestra tan incierto como fascinante.

Porque ningún otro fenómeno, desde la caída de las torres gemelas hace ya casi veinte años, tuvo una capacidad tal de ser compartido a manera de hiperrealidad por gran parte de la humanidad. Y sobre todo de reconvertir a la misma hacia una suerte de escepticismo consciente en el que la supuesta amenaza se nos mostrara colectivamente como algo movedizo, descontrolado y lo que esta vez resulta aún más interesante: invisible.

Más allá de las infinitas teorías que han surgido y surgirán desde el pensamiento racional, y que pretenden autoidentificarse (o lo que es lo mismo: definirse a sí mismas para liberarnos del “ataque”) a través de, primero, la compleja comprensión y luego, del análisis del fenómeno en sí, está floreciendo igualmente un afán social, una necesidad de apelar al “codo con codo”, identitario de momentos históricos similares, que refuerza el sentido de pertenencia a un todo único. Ese que ya nunca será el mismo de antes. Realmente, ha ya algunos años (aquí juegan un factor determinante esos últimos veinte) en que nada es lo mismo de antes. Pero tal vez había quien aún no se había dado cuenta.

Desde que la aparición masiva de la inteligencia artificial como pseudorealidad paralela e igualmente global, dejase muy atrás el supuesto control sobre nuestras vidas, caracterizador del mundo desarrollado de finales del siglo XX, se nos ha venido, paradójicamente, vendiendo un ideal de libertad, camuflado bajo probables estrategias de control, que en este nuevo escenario podrían verse más que reforzadas. Superconectividad, que venía igualmente acompañada de un empobrecimiento en las relaciones personales y humanas. Y que es directamente proporcional a la identificación individual de lo verdadero con lo virtual.

Surgía ya entonces, lentamente indigesta, la redescubierta distopía: cuanto más apelábamos al desarrollo tecnológico como cooperante y necesario en el avance de la humanidad, más desconocíamos que su capacidad y atolondrado ritmo, podía traer también consecuencias descontroladas. Si no se conservaban los cimientos de una coherencia individual basada en presupuestos humanistas, colaborativos y sociales, más allá de la evidencia abstracta que la artificialidad inteligente nos pudiera traer, la velocidad tecnológica superaría con creces la asumible por el individuo. Y éste, solo querría defender su parcela identitaria, cada vez más amenazada por el agente externo que, si bien en esta ocasión tiene forma de alerta sanitaria, en un futuro nada lejano podría venir acompañado de otras realidades paralelas: catástrofes naturales, fenómenos radiactivos, plagas alimentarias… Algo que realmente lleva ocurriendo desde que comenzó a escribirse la historia: basta con remitirse a escrituras védicas (a.C.), darle un breve repaso a la Biblia, o recordar cómo desaparecieron las principales y riquísimas culturas mesoamericanas, o cómo fueron destruidos imperios y devastadas ciudades, con entidades «naturales» colaborando como necesarias y cooperantes… Por no citar las consabidas plagas o epidemias recientes, como la de gripe española a principios de siglo, la postmoderna e igualmente mediática de VIH, o la más reciente de gripe A, o gripe porcina, referidas a veces sesgadamente como el espejo en el que querer mirar esta actual situación. Cada una de ellas surgió, se desarrolló, y quedó en el inconsciente colectivo con su propia casuística y su afán mediático: mató a muchos / mató solo a grupos de riesgo / no mató a muchos… como leves y desdibujadas ideas que, en fin, dejaron de tener el peso de amenaza para convertirse casi en recuerdos. Como si el factor de riesgo, por conocido, se tornase también en inoperante.

Puede ser, precisamente, que aquí radique la mayor diferencia del nuevo fenómeno en comparación con los anteriores: esta vez, el foco amplificado individualmente por una conectividad extra dimensionada, y una intervención masiva de los medios de comunicación (entidades que funcionan en su mayoría como grandes corporaciones, con sus propios intereses económicos), dibuja una circunferencia cada vez más grande dentro de las otras, dada nuestra capacidad individual de colaborar en la propagación/disolución del mismo, como agentes igualmente patógenos. Desconocemos, en muchos casos, que esa propagación es casi más peligrosa que la del agente en sí: reconvertir a una sociedad moderna en paranoica, nunca estuvo tan al alcance de la mano.

Esta concepción de la historia, entendida como círculos concéntricos, que amplían cada vez más su radio de acción en función de cómo éstos sean observados, tiene aquí su máximo exponente conocido hasta el momento: la observación del fenómeno es más global que nunca, dado el descontrol tecno-colectivo y, asimismo, tanto compartida a tiempo real, como intensificada mayoritariamente en sus formas. Sobra aquí decir que la observación de los fenómenos -como demuestran las leyes más básicas de la física cuántica- influye directamente en el desenvolvimiento de los mismos, modificando su evolución y por tanto, sus consecuencias.

Propagada una situación colectiva e igualmente patógena de carácter extremo, se somete paralelamente a sociedades enteras, históricamente con libertad de movimientos y a las que, además, les son mediáticamente comunicados los hechos de manera igualmente drástica, a un periodo indefinido de encierro, reclusión, confinamiento… (conceptos todos ellos solo conocidos hasta el momento a través de la vía cinematográfica, o desde lejos, como realidades asociadas al tercer mundo, a las guerras, al pasado…). Estas medidas afectan además desigualmente al individuo, en función de la propia realidad adquirida hasta el momento: socioeconómica, mental, o efectivamente, sanitaria. La relación con la salud colectiva se refuerza por tanto, paradójicamente, con estrategias ciertamente insalubres para muchos en su forma: se llevan a cabo en aras de ese necesario bien común para el que casi siempre los más desfavorecidos pagan un precio mayor.

Pero ¿cuál será la recompensa para ellos? A nivel cortoplacista, todos (obviamente salvo los fallecidos) sobreviviremos. A nivel medio y largoplacista, será más necesaria que nunca una reconversión al bien común; una puesta en servicio de las capacidades, aptitudes y talentos individuales, a merced del interés colectivo. Será deseable que todos, no solamente los más débiles, silenciados o excluidos, paguen un precio. Y será ahora, más que nunca, cuando ese pago no nos empobrezca, sino que nos enriquezca colectivamente.

Esta vez, por tanto, la principal diferencia es que la hiperrealidad aumentada por el observador, salvando todas las características amplificadoras en forma que ya posee la situación per se, convierten al fenómeno -séame permitida la expresión- en uno mucho más viral. Juega aquí un papel importante nuestra capacidad como individuos conscientes de filtrar la información, controlar el pánico, y sobre todo, de diferenciar en el futuro la posible manipulación frente a intereses más nobles. De apelar a un conocimiento de los hechos no dogmático, flexible, despolarizado, abierto, cooperativo y ante todo, espiritual. Realidades todas ellas en las que el individuo, como ente singular, habrá de poner también de su parte.

Todos tendremos que hacer «nuestro trabajo», si lo que queremos es optar por una solución (sociedad) más libre, generosa, progresista, y, en definitiva, moderna; con todo lo que este concepto pueda tener de contradictorio. Estar «al día» nunca fue tan similar a volver a los orígenes: revisar a filósofos, pensadores, historiadores, sabios, maestros, iluminados… En definitiva, retornar a las fuentes. Optar por un conocimiento ya disponible, ante la insaciable e imperiosa demanda de fagocitar lo nuevo para crear otra cosa, convertida en necesaria tan solo por diferente. Y hacerlo, al mismo tiempo, confiando en la ciencia y ante todo, en la bioética como mejoradora de la especie, o directamente protectora y salvaguarda suprema de la misma.

Esta esfera individual, que compartida podrá ser también alta y positivamente transmisible, jugará un papel fundamental frente al fenómeno al que acudimos; la única vía que como individuos completos tendremos para salir adelante de una manera próspera y equitativa. Las otras, ya fueron ensayadas en el pasado, muchas de ellas con consecuencias nefastas para el conjunto.

La realidad es, por tanto, desde ahora, y más que nunca, un asunto de contenido más que de forma.  Y dicho contenido dependerá de cada uno de nosotros como terreno próspero y fértil, que no precisará de fórmulas de amplificación más que de su propia acción: pura, irrefutable e infinitamente contagiosa.

Joaquín Barrio Castrillón es Arquitecto, Profesor de Yoga y fundador de YASPACE.

(Hiperrealidad es un concepto trabajado en el campo de la semiótica y la filosofía postmodernas. Generalmente se utiliza para designar la incapacidad de la conciencia de distinguir la realidad de la fantasía, especialmente en las culturas postmodernas tecnológicamente más avanzadas).

Joaquín Barrio Castrillón

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